Hablan las columnas

columnas reflejadas en vidriera

Foto: Dazra Novak

Verdadera constante del paisaje habanero son las columnas. Su función, a medio camino entre el sostén y la decoración, comenzó en el lejano XVIII. Siglo que abrió paso, entre otras cosas, al barroco colonial que se entronaría en la isla con sus maneras exageradas, su manía de complicarlo todo con abundantes líneas curvas que, en cuestiones de exuberancia, compiten con la profusa vegetación autóctona que dos centurias antes de seguro presentía la llegada del almirante. Columnas de la Habana: versión arquitectónica de nuestro árbol nacional. Palma real que no ceja en su empeño de custodiar los caminos. Columnas bajas, rústicas palmitas barrigonas. Altísimas columnas con penachos alborotados a lo corintio, o de tronco liso, con esa frialdad dórica de la palma sagrada. Columna cubierta de polvo, como la palma donde alguien rayó dos nombres o dejó una ofrenda para changó. Columna a medio derrumbar, palma castigada por el rayo. La ciudad de intramuros, esa que vería crecer sus primeros edificios alrededor de las plazas principales, nunca imaginó que llegaría hasta nuestros días aquel capricho que nació en la garganta de sus viviendas. Para qué la columna hacia adentro, más allá de aguantar el peso de los puntales, si no para deslindar los patios interiores. Esos espacios íntimos que antes exigían cierto pedigrí para admirar sus jardines, fuentes, pozos, muchos de los cuales hoy sobreviven demasiado divididos, demasiado públicos, demasiado habitados. La columna callejera que vende la fachada, siempre ha arrojado el peso de sus años, su sangre criollazul y su alcurnia, sobre el transeúnte que se le recuesta a la espera de algún transporte o a la caza de la sombra. Caminante moderno que probablemente sea quien más la vive y que ignora, justificado por otros apremios más vitales, a qué orden arquitectónico responde ese fuste que, tronco liso o acanalado, igual le dejará el rastro de un hollín centenario en la manga de la camisa. Hay que reconocerlo, qué sentido tendría engañar al viajero: las zonas donde abundan las columnas, quizás por el peso tremendo de su historia, son la más de las veces inhóspitas. Sufren todo tipo de contaminaciones que van desde el inofensivo grafiti hasta el verdadero acecho de algún rufián, desde un tráfico ensordecedor y desmedido hasta un monumental paisaje de repeticiones: columnas en ristre frente al sol de mediodía. Con más razón, recomiendo a los viajeros usar ropas ligeras, calzado cómodo, cámara fotográfica bien amarrada a la muñeca y botella de agua. Esto será más que suficiente para explorar las viejas columnatas de la Calzada de Diez de Octubre -antigua Jesús del Monte-, la de Reina, Infanta, y la Calzada del Cerro, entre otras, como una alfombra ininterrumpida, trazo de barrio a barrio, donde aún se escuchan los cantos del neoclásico que llegó tarde a nuestro siglo XIX. Si se aguza el oído mientras se recorre esos pasillos largos techados por arcos y parches decorativos, bien se les puede escuchar hablando de mejores tiempos. Bien se puede ver cómo va cambiando el paisaje de la manera más auténtica posible: intermitencia de pilastras con fondo de pregones. En La Habana hablan las columnas para contar también, ya lo dijo Carpentier, “la historia de la decadencia de la columna a través de las edades”.

Publicado originalmente en Havana indoors

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Acerca de dazranovak

Escritora cubana. Licenciada en Historia por la Universidad de La Habana. Tiene en su haber los premios: Pinos Nuevos 2007 (cuentos, Cuerpo Reservado, editorial Letras Cubanas 2008), David 2007 (cuentos, Cuerpo Público, ediciones Unión, 2009) y Uneac 2011 (novela, Making of, ediciones Unión, 2012).
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