Breve paseo de estilos

edificio serrano
Foto: Harold Ferrer / Tomada de http://www.quinquecuba.com

Quizá por eso, porque a La Habana no le impresionó por mucho tiempo un único estilo arquitectónico, sus habitantes somos de todo un poco: alegres y trágicos, sueltos e impresionables, imparables y achantados, musicales y solemnes. Un visitante atento, al admirar nuestros edificios cuyas fachadas e interiores corren siglos desde el mudéjar al art-nouveau hasta lo cuestionable-geométrico-emergente, podrá comprobarlo por sí mismo: nuestra mulata, zalamera pero muy religiosa, nació de esa cargante manipulación de sombras provocada por las curvas barrocas de la Iglesia de la Catedral. Esta ciudad, pretendida por la fama comercial de su puerto –Llave del nuevo mundo…–, vivió sus agridulces años mozos escoltada, entre otros castillos, por Los Tres Reyes del Morro y San Salvador de la Punta. Ejemplos de la arquitectura militar que la custodió en lo que mujer-ciudad-adentro se engalanaban sus plazas principales y construcciones civiles con profusas líneas onduladas, misteriosos claroscuros, columnas embebidas en los muros sugiriendo una voluptuosidad tal, que La Habana tuvo que amarrarse un cinturón de castidad: muralla cerrada a las nueve en punto de cada noche. Por fin emancipada del abuso de piratas, un buen día del siglo XIX derribó sus murallas protectoras. Vio cómo a la otra –la misma ciudad, pero de extramuros– se le habían ensanchado sus calles. Se había construido a sí misma hacia arriba. Sus viejos pregones rebotaban sobre calles sin empedrar de nuevos barrios que le habían agarrado demasiado gusto a los portales. Y quizá por eso, porque entre las lisas fachadas de la calle Reina nos sorprende el neogótico impresionante de la Parroquia del Sagrado Corazón de Jesús, los cubanos nunca perdemos –bendita sea– esta capacidad de asombro. De aquel viejo estilo ojival, medieval y pesado, cuyos vitrales coloridos con motivos religiosos entibian el ánimo, nació probablemente este arrepentimiento que se antoja en esas tardes habaneras obligando a la siesta. Pesadumbre que también nos asalta bajo esas arcadas arabescas y columnas dóricas que, todavía hoy, se quejan de aquella arbitraria irrupción del Cuerpo de Voluntarios españoles en el fastuoso Palacio de Aldama. Quizá por eso, porque hasta entonces no había costumbre de esa línea recta tan propia del neoclásico, los cubanos mejor le damos la vuelta a los obstáculos. Mejor. Quizá porque llegado el siglo XX nació el Capitolio Nacional de La Habana, ecléctico e imponente marcando para siempre la pauta de nuestro sincretismo natural –es decir, esa sumatoria de lo que habíamos sido hasta entonces– y el kilómetro cero de nuestras carreteras, los habitantes de La Habana acabamos por incorporarlo todo a este estilo sin estilo que advirtió sabiamente Carpentier. El mismo que nos hace vivir lo cotidiano inevitable en una sensual mezcla de luz y sombra, de este tedio y esperanza conque amablemente nos abrimos de brazos ante el visitante. A lo mejor por eso el habanero llega tarde a todas partes, porque su ciudad llegó tarde a los estilos aunque más adelante los hizo suyos: los regurgitó habanizados. La Habana de la segunda mitad del XX también asumiría la modernidad reinante en sus homólogas en clave de geometría y rascacielos. Cubista, racional, le creció en sentido vertical ese brutal inmueble llamado Serrano, tan imponente, tan art-déco. Y quizá por ese exagerado parto, monumental para aquella época, los habaneros comenzamos a creernos el ombligo del mundo.

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