Faroles habaneros

farol en la pared
Foto: Dazra Novak

Para los primigenios habitantes de esta isla las primeras fuentes de luz fueron los cocuyos, las teas, las antorchas. Hasta que se abrieron paso, a través de la oscuridad y de los siglos, las velas de sebo o los velones nutridos con aceite de oliva importados desde Sevilla. Estos últimos, lujo de adinerados. La lámpara metálica, portátil y más tarde con ventanas, fue la madre de faroles y linternas que fungieron de alumbrado público, ora colgando de las fachadas, ora guiados por algún esclavo que alumbraba el camino de su amo. Por aquellos tiempos, para adentrarse en la oscura garganta de la noche tras el toque de oraciones, era obligatorio portar un farol y un motivo apremiante. Solo las fachadas quedaban eximidas de la primera imposición en esas jornadas del mes en que la luna, por estar llena, les hacía el favor de iluminar mucho. De todas formas San Cristóbal de La Habana seguiría siendo por un buen tiempo una villa precariamente iluminada y por ende, peligrosa, de ahí que le nacieran los serenos para vigilar sus vecindarios dando cuentas también, a grito limpio, de la hora y el estado del tiempo. En el siglo XIX, gracias a la introducción del alumbrado con gas, proliferaron los faroles públicos, la vida nocturna, la molestia en ojos y pulmones al tener que andar y respirar esa atmósfera que más allá del crepúsculo se mantendría irrespirable y muy contaminada hasta que, a finales del mismo siglo, llegara la electricidad para hacerlos convivir a ambos: faroles de gas y eléctricos. Estos últimos adaptados al nuevo sistema y visitados, puntualmente al anochecer, por el farolero que los conectaba valiéndose de una vara larga. Los que encontramos hoy, sobre todo en la parte antigua de la ciudad, agarrados a fachadas, balcones y patios interiores –faroles antiguos, restaurados, venidos a menos o recién fundidos en clara imitación de viejos modelos de hierro que usurparon el trono a los de madera–, comparten la misma vieja función: abrirnos los ojos a la vida nocturna y alertarnos de posibles transeúntes inescrupulosos. Solamente es privilegio de los más añejos el ofrecernos, en un silencioso paseo histórico que alterna bombillas amarillas y blanquísimos leds, el larguísimo reinado de algunos surtidores de luz habaneros.

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