Helad’oro

heladería
Foto: Dazra Novak

En el tramo donde la calle Aguiar queda atrapada entre Tejadillo y Empedrado, he descubierto un pequeño oasis. Rápida y cuiadosamente sorteaba yo el terreno minado, que puede explotar desde un jarro de agua sucia más arriba o caca de perro más abajo, ciudad vieja devastada por esa guerra de la sobrevivencia del carretillero vendiendo sus viandas en la esquina, los salideros de agua, el negociante, las bolsas de basura, los balcones gritando su decadencia en escombros y de pronto, sin más, Helad’oro. Un pequeño local donde predominan el color naranja, la madera y los cristales prometiendo un ambiente climatizado que permite mirar hacia afuera como si hubiéramos saltado de la revoltura del océano a la tranquilidad de una pecera. Esta vez: ni Coppelia ni Nestlé. Vade retro al azúcar. No hay aire en la mezcla helada, que se siente más grumosa en su variado capricho de sabores: galletazo, guanábana, snickers, turrón de maní, malta. A estas alturas de la modernidad nadie se asombra de que la cesta donde los sirven sea comestible, pero, ¿helado de mojito? Un oasis en el que ciertamente no se gasta poco, pero oasis al fin, un alivio momentáneo y refrescante. Un buen punto para upgradearnos, con la punzada del guajiro, en la estima de un ser querido que cumple años o una pareja de aniversario. Un gustazo anclado en la memoria hasta que rompamos la alcancía otra vez.

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