Café O´Reilly

Café O´Reilly
Foto: Beatriz Verde Limón

Es la madera siempre cálida, el ruido del molino donde, sin apuros de siglo o de propina, el vendedor empaqueta los pedidos de clientes que hacen cola en la acera estrechita de la calle O´ Reilly. Es el aroma del polvo negruzco que se señorea por la estancia y se decide por él mismo, mientras repaso el menú. Es el carmelita, muy parecido al del café, de las mesas y las sillas, ventanas, marcos, pared y el dolce non fare niente de un taxista que, bien no está de servicio, o no le preocupa. Es el calor que le contagia a la impecable taza blanca, esa soltura del azúcar que le cae encima repartida en dos cucharadas, por favor, dos. Es el humo que sube como una escalera de caracol ante mi nariz y ese olor que derrota al polvo hecho cocimiento. Y es el mismo café, pero es otro. Es el gesto de levantar la taza hasta los labios, el probar caliente cielo de la boca garganta adentro mientras por la calle pasa un caminante, se detiene un vendedor, un turista, alguien compra viandas en el agro que está justo al frente, con otro carmelita que es otro, pero es el mismo. Es la brevedad del acto, la ración frugal, el reinado del sabor que queda después, mucho rato, después. Vivir una taza de café, lo que se dice vivir, es un largo episodio.

Café O´Reilly
Foto: Beatriz Verde Limón
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