Calzada de 10 de Octubre

calzada de 10 de octubre
Foto: Dazra Novak

No es que la calzada sea ruidosa, en realidad lo que se escucha es el grito adolorido de las fachadas pidiendo que las reparen y las pinten, que regresen aquellos tiempos de esplendor en que los portales animados anunciaban la elegancia de sus tiendas (y de seguro era un bonito paseo avanzar por su sombra). No es que la calzada esté sucia, es la mezcla de las lágrimas y el hollín, como una niña que se pasa las manos mugrosas por la cara al ver que su mamá demora en venir a buscarla. Llorar, ¿eso no es lo que hacemos todos cuando nos sentimos abandonados? No es que a la calzada la transite mucha gente, es que la vida de antes no se le ha muerto todavía, el vaho del último aliento aún le trepa por algunas columnas, se le cuelga de carteles como el de Toyo, de los balcones y sus tendederas, de la maraña de cables que, como salvando las lagunas de la memoria de un anciano, la sorprenden de pronto y le desbocan la sonrisa en el rostro viejo. Por eso hay tramos donde la Calzada de 10 de Octubre no solo agradece más el sol, sino que lo refleja con toda intención y hasta nos permite cruzarla en el primer intento. A veces dobla, sigue recto, sube, frena o se desboca, todavía con algo de altanería para luego dejarse caer por gravedad, desilusionada y firme, como hacen algunos choferes cuando aprovechan la cuesta abajo para ahorrar gasolina.

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