Mónaco

en el mónaco
Foto: Dazra Novak

Cuando me dicen Mónaco yo automáticamente pienso: muy lejos. O mejor dicho, pienso muy-muy-demasiado-lejos. Yo sé, estoy convencida de que tantos otros pensarán con la misma rapidez: ¡mi casa! Además porque es esta la zona concurrida que cumple la función de gran centro comercial donde se resuelve todo –o casi todo- y por eso escucho a los amigos que viven por aquí decir voy un momentico hasta el Mónaco a ver si hay paquetes de café, a cambiar dinero, a montar al niño un ratico en la estrella del parquecito, a comprar flores, aceite, puré de tomate o a llamar por teléfono. Honestamente, cada vez que llego me olvido –no solo porque siempre hay mucha gente y mucho tráfico sino por lo entretenida que soy- de la calle por donde vine, si era o no la tal Mayía Rodríguez y, como pasan meses/años entre la vez anterior y la siguiente de mi visita, vuelvo a preguntar qué guagua me sirve o dónde paro el taxi que, al menos, me acerque a Playa. ¿Playa? Hacen la mueca de rigor los transeúntes de paso por el lugar y estoy segura de que, mientras yo pienso en mi casa, ellos automáticamente oyen mentar  un barrio muy-muy-pero que muy… demasiado-lejos de aquí.

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