De nuestros puentes

puentes de Matanzas
Foto: Dazra Novak

Hay que cruzar todos los puentes para conquistar Matanzas. Y caminar. En esta ciudad la gente camina, camina mucho. Algunas calles son un mar de transeúntes que vienen y van mientras uno de aquella cola me dice, “publica la foto del amarillo en la prensa, a ver si viene la guagua de una vez”. Bebé en los brazos de mamá, viejo que fuma tabaco, mujer con bultos, sentados todos en el banco largo tendido por toda la acerca, la acera de la calle donde salgo a la Uneac y algunos metros antes de llegar veo la casa de Milanés, el poeta que, perdida la razón, se agarra a las rejas de la ventana para gritar una vez más el nombre de su amada. ¿Qué extrañarías, matancero, si ya no vivieras más aquí? El Teatro Sauto, me respondieron algunos. Tanta sombra y tanta luz como tiene esta ciudad, tantos puentes y fachadas curiosas robándole protagonismo a las aceras para luego perderse en gargantas de casa-profunda-que-promete-historia-grande. Sin embargo, contrario a lo que cabría esperar, Matanzas es una ciudad que duerme temprano. Cuando llega la noche sus habitantes se recogen dentro de las casas y ya no les ves recorriendo sus puentes, ni sus aceras, ni sus tertulias, como si les espantara tanta oscuridad de golpe, como si temieran ser tragados por ese delicioso siglo XIX que aún promete la ciudad.

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