Calle Galiano

calle galiano
Calle Galiano /Foto: Dazra Novak

Por Galiano casi siempre voy cantando. Me empieza un tarareo ligero, una música que inicia en el malecón, que me llega de no sé dónde y empieza, en mi cabeza, a sonar bajito. Algo impulsa a la lengua y de pronto, me sale un Beny Moré desde el mismísimo seno de la música, una Omara Portuondo con su Tal vez… si te hubiera besado otra vez, ahora fueran las cosas distintas, tendrías un recuerdo de mí, Elena Burke con algo así ¡Ámame como soy! Así recorren mis piernas la calle Galiano, pensando que tal vez, sí, estoy en la mitad de los tiempos, justo ahí donde la ciudad un buen día dejó de ser vieja y se hizo un tilín más nueva –digo un tilín, porque después, hoy, ya es vieja otra vez- y me llego al Boulevard de San Rafael, a esa librería que inicia el paseo (para encontrar entre los viejos-nuevos títulos algún tesoro) y miro a la tienda Trasval, pero no entro porque no me da la gana de gastar tanto dinero hoy –también porque no lo tengo-, y mi cabeza otea tras las puertas de Fin de siglo -ahora predio de artesanos-, Flogar, La época, la fachada de una antigua joyería, el anuncio del Barrio chino, los parques donde se sientan a mirarse unos a otros, a ver pasar las guaguas, las gentes y la mirada intensa de los estafadores, la mirada vacía de los caminantes y mi tarareo que se hace cada vez más presente mientras muevo los deditos en el aire y ese comentario-piropo-jodedor que se me pierde entre la muchedumbre con una sonrisa: ¿dónde compraste esa alegría, mi cielo?

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