Tantas vidas: concierto de Liuba María Hevia

Liuba María Hevia
Foto tomada de Oncuba

Apenas tenía yo catorce años aquel día en que celebraban el aniversario  de una emisora radial. Mi vecina me llevó porque entre otros invitados iba a tocar la orquesta Revé, y eso era algo para no perderse. No recuerdo el teatro, no recuerdo el nombre de la emisora, pero recuerdo perfectamente a Liuba en el centro de aquel parco escenario, con una humilde guitarra frente a un público inhóspito que la abucheó cuando el tema que debía doblar, falló. Sentí deseos de llorar y a la vez un profundo respeto por la ecuanimidad con que miró al frente y volvió a ensayar su guajira. Y pasó el tiempo y pasó, hasta este 30 de noviembre donde celebramos sus 30 años de vida artística. Sobre el escenario del Karl Marx, los relojes estaban detenidos a las tres y media en gigantografías que el diseño de luces hacía cambiar de color. A la derecha de este mapa tocaron los instrumentos de cuerdas, y salieron como invitados Pancho Amat y Lucía Huergo, a la izquierda el grupo acompañante y bancos de parque dispuestos para los bailarines en coreografía de Pepe Hevia y Tania Vergara. Al fondo, la percusión y el piano y los coros, la pantalla donde proyectaron videos, fotos, donde, a cada tanto ese engranaje oculto de los relojes echaba a andar. Liuba hizo recuento de su historia, de su familia, de sus temas, evocó la memoria de su Ada Elba Pérez, de su abuelo asturiano, de Teresita Fernández. Desde el público –con merecido respeto-, emocionados tarareamos Si me falta tu sonrisa, Algo, Ilumíname, Lo feo, temas de Silvio, Sabina y Serrat, Ne me quitte pas. Dos horas duró el concierto y alguien gritó desde el público: ¡canta un tango! Dos bailarines hombres se besaron, el tango lo cantó de pie, no sé si les dije que junto a ella tenía un búcaro con rosas rojas y dos hermosas guitarras y que toda vez que habló lo hizo de manera pausada y sentida de modo que cuando nos pusimos de pie los aplausos le pedían otra canción, ¡otra!, y la cantó, y abandonamos las butacas con ese paso intermitente y silencioso de quien se va, pero va dejando algo, algo de ti me está cavando dentro, quizás los fantasmas buenos que, según Liuba, habitan los teatros.

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