De la raspadura

raspadura
Foto: Dazra Novak

A la subida de Obispo, entre el edificio de Bellas Artes y la Manzana de Gómez, ella vendía merenguitos, cremitas de leche, cucuruchos de maní garapiñado y salado, bolsitas de nylon llenas de palomitas de maíz ¡y raspadura! Era una pirámide inmensa con decenas de raspaduras y mi expresión de asombro –que siempre me sale espontánea y nada tímida en estos casos-, provocó la risa de la vendedora cuando solté los libros en el piso para buscar mi monedero. Contagiada con mi alegría –que a lo mejor ni entendía por qué tanto alboroto, pero el cubano para alegrarse tiene el uno-, echó en una bolsita cinco pirámides truncas por valor de cinco pesos cubanos, hechas de riquísimo guarapo (¡alabado seas, preciado rastrojo de caña!), dulces como ninguna otra cosa en nuestro mundo mundial, misteriosamente trayendo una nostalgia solo comparable a los teticos de caramelo saborizado que vendía aquel viejo a la salida de mi escuela primaria, teticos que Juana se resistía a comprarme argumentado que la higiéne del vendedor dejaba mucho que desear. A duras penas aguanté hasta llegar a casa, le pegué una mordida de esas que dejan la lenta marca de los dientes y dejé que se me derritiera en la boca. Qué cosa, caballero, qué dulce, esta cosa dulce de nosotros los cubanos la verdad es que no tiene momento fijo.

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One Reply to “De la raspadura”

  1. Yo la compraba con los kilos prietos que recogía de los “trabajos” debajo de una ceiba que había donde está ahora el mercado de Carlos III. Y la disfrutaba como tú.

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