Calle Reina

calle Reina
Foto: Dazra Novak

Remontar la discreta pendiente de la calle Reina es entrar al paraíso de las sombras. Hay siempre una mirada que nos persigue, que se pregunta –indaga con sus gestos-, qué hacemos allí. ¿Vienen a la tienda Ultra? ¿Necesitan algo de la ferretería? Hombres que se acercan y susurran ofertas variadas, compraventas que casi siempre terminan en grandes atracos. Amiga, ¿tienes una moneda? Es esta una calle para recorrer con pie ligero, presto al escape, es mejor si nos movemos constantemente, si no damos tiempo a las miradas perseguidoras y mejor vamos ojeando -a gran velocidad- sus otrora hermosas fachadas que hoy se desgajan como fantasmas de balcones, enrejados mugrientos, oscuros secretos resguardados entre columnas. Esta no es calle fácil ni siquiera para cruzar y los cláxones crean ese efecto de caos que tampoco explica cómo es posible que, a pesar de los pesares, todavía una fachada pintoresca nos sorprenda, emergiendo de la mismísima muerte, en medio de tanto gris. Pero no es la pedante insistencia de los portales por lanzarnos ese aliento enmohecido sobre la nuca lo que más me asombra, no, lo que me deja sin aire es precisamente que, después de tanta fachada corrompida, tanto comercio que se impone y tanta falta de Dios, uno encuentre una iglesia donde redimir los pecados.

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