Mural cubano

mural de barrio cubano
Mural de un CDR del Vedado

Siempre me llamó la atención esa proliferación de los murales. Mural del CDR. Mural en la escuela, en el aula. Mural en el saloncito de espera del consultorio. Mural en el centro de trabajo, en la oficoda, en la oficina de trámites, en las casas de cultura o la oficina de la Defensa Civil. Murales que nadie –o casi nadie- lee. Murales hay que se hacen para cumplir con lo establecido. Pequeñas letras que se recortan con alguna tijera prestada, coloreadas con crayolas o temperas o plumones. Los murales cubanos se hacen con lo que aparece. Algunos murales coloridos, otros en blanco y negro, hechos con desgano o con esmero, murales ostentosos, mínimos, desactualizados, carnavalescos, proletarios, desenfadados, silenciosos… que ven pasar el tiempo como si nada. Murales –son los menos, pero los hay- que tenían la información que necesitábamos, pero de tanto obviarlos, ya ni la sabemos leer. Hace mucho comprendí que la mirada de mi generación comenzó a rebotar irremediablemente sobre esa repetición –arenga vacía- de los murales. Murales como la tarea pasajera de la asignatura Educación Laboral. Este mural que me tropecé en un CDR del Vedado vuelve a asaltarme con las mismas preguntas de siempre: ¿fue hecho por un niño, por un adulto, por un viejo a quien nunca le fallaron las fuerzas? ¿Qué drama, qué magia, qué mano lo mantiene vivo y actualiza? ¿Cuál es la función real del mural cubano?

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