Por vivir tan cerca de los muertos

frente al cementerio Colón
Foto: Dazra Novak

¿Cómo será vivir con esa perversa ocurrencia del cementerio en las mismísimas puertas de la casa? Uno abre la ventana y lo que contempla es un paisaje de tumbas blancas que hacen rebotar tanto la luz del día como la del alumbrado público. Ángeles quietos. Alas de mármol en toda su extensión, o recogidas. Me pregunto cómo estará uno seguro de qué es, en verdad, un fuego fatuo –y no la linterna del custodio espantando intrusos-, si se podrá dormir a pierna suelta sin miedo a que las almas salgan con sus reproches y resabios a conversar con uno a la hora del sueño, a jalarnos el dedo gordo del pie. Hasta qué punto –con tanto problema de vivienda como tenemos-, esto ha sido elección libre y no pura resignación a esperar con ansias a que salga el sol de todos los días para poder borrar ese miedo, reflejo incondicionado metido dentro del saco de los otros miedos. Pero… ¿el miedo no habrá sido vencido por la costumbre? Cuando tiré esta foto salió el dueño y me miró con rostro inseguro. Imagino que vivir tan cerca del cementerio te haga dudar de todo lo que veas, o quién sabe, a lo mejor la que no vio bien fui yo.

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