Matadero

la puntilla
Foto: Dazra Novak

El cubano echa el cuerpo hacia adelante, necesita tocar al otro, sentirlo, vivirse él mismo mientras vive al otro. Tomando en cuenta lo mucho que le importa el sexo, le es difícil no tener un lugar donde matar la jugada, retozar un poco, tirar una canita al aire. (Con tanto problema de vivienda como hay). La Puntilla es uno de estos malabares de la ciudad donde se dan cita los autos a cualquier hora del día (y de la noche) para escenificar la lucha cuerpo a cuerpo, con un pie hacia afuera de la ventanilla, vigilando por el espejo retrovisor por si viene el fisgón de costumbre o se acerca el policía que sabe lo que hay, pero igual viene a pedir la circulación del carro. Y el conductor que, a duras penas, se sube los pantalones. A ventanilla cerrada (o abierta por el calor), con cristales oscuros (o sin ellos), cuando entra el desespero la gente se va al matadero a desahogarse frente al mar, con la ciudad del otro lado y los pescadores más abajo, quién sabe si pescando lo que hacen esos autos más arriba, sobre el saliente que se empina por sobre el arrecife. A veces corre una brisa, a veces pasa gente con promesas a entregar más abajo en la orilla, a veces no pasa nadie y es un alivio, porque de las tantas maneras que tiene el cubano de vivirle cosas a la vida, venir al matadero a ofrecer el cuerpo, es una de ellas.

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