Habana a gritos

olas en el malecón
Foto: Ángel Vázquez Rivero

A veces La Habana es como una mujer con las hormonas revueltas mujer que dibuja un grito de muchas horas con los pelos alborotados y no quiere peinarse ni maquillarse sobre todo cuando se espera un ciclón o esa tormenta tropical con precipitaciones abundantes la acosa trayendo consigo esos apagones tristes donde nadie puede ver la cara de los otros ni cocinarse como es debido y pensando otra vez en mañana cuando esos vientos torrenciales se vayan y salga el sol y los viejos muros comenzando a secarse se recojan y se vengan abajo sobre las cabezas de esos cuantos que abren los brazos al cielo todavía con algo de esperanza en esta ciudad que ve ahogados los gritos más auténticos de tantos héroes anónimos en busca de ese pan de cada día sin un leve quejido para dar fe de su existencia en tanto ese muro que bordea el mar les cierra el paso para cuidarlos de algo tan insospechado como la furia de Olokun. No es un ataque de nervios, es que a La Habana –como a la mora de Trípoli- se le despierta el luto cuando se acuerda de los hijos que con desdén echó al mar un día.

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