Texturas

malecón

Foto: Beatriz Verde Limón

La Habana en su parte más antigua es un entramado de inmensos bloques de piedra, superficies que, cuando se acarician, se nos muestran frías, ásperas y reticentes. No necesitan pintura, no necesitan afecto: el solo hecho de habernos precedido en el tiempo las erige en catedrales inmejorables. Los adoquines, en cambio, han sufrido más. Lisos y resbalosos, por el roce con las ruedas, la lluvia, las botas, el sol. Si se tocan esas rejas dispuestas en tejidos florales y puntas de lanza, se impone a nuestras manos un vade retro. ¡No me toques!, protestan las verjas henchidas por la herrumbre. La madera no, la madera parece necesitar, ahora más que nunca, que la abracemos como si abrazáramos al árbol que una vez fue. De camino hacia la zona nueva, o mejor dicho, la menos vieja, -lo que llamamos Centro Habana-, es imposible tocar sin llevarse en las manos el hollín acomodado en las superficies, capas de polvo sobre las arrugas que cubren todas las cosas, capas secas, frágiles y que se descuelgan como telas de araña desde los cables eléctricos. Mejor no tocar las esquinas donde se acumulan las bolsas de basura y los escombros, mejor no. Ahora hay más humedad por las filtraciones y los charcos que, como ríos, corren hediondos y babosos desde lo más alto de los muros hasta el pavimento. Fuga gelatinosa cuya dirección es dictada por la fuerza de gravedad. Por otros lados, en cambio, hay barrios tan limpios que, al tacto, son similares a un blando sofá para tomar la siesta, y otros tan elegantes y con tantos realces que ofrecen esa textura perfectamente lisa, exquisitamente moldeada, aunque fría y ausente, del vidrio. En las zonas donde hay muchos árboles las superficies se dejan tocar con más facilidad, tan diferentes al pavimento a mediodía con ese efluvio de reverbero. Papel de lija es el arrecife que bordea la costa, adonde nos sentamos a mirar el mar, cuando viene la ola y, al tocar su blancura apenas un par de segundos, nos damos cuenta de que la espuma es como La Habana, un algodón de azúcar a ratos pegajoso, a veces, sin azúcar.

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Acerca de dazranovak

Escritora cubana. Licenciada en Historia por la Universidad de La Habana. Tiene en su haber los premios: Pinos Nuevos 2007 (cuentos, Cuerpo Reservado, editorial Letras Cubanas 2008), David 2007 (cuentos, Cuerpo Público, ediciones Unión, 2009) y Uneac 2011 (novela, Making of, ediciones Unión, 2012).
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3 respuestas a Texturas

  1. Cómo voy a cambiarle el color a una ola dijo:

    “Hoy quisiera estrechar mi ciudad sumergida
    —boca de los corales, alma de las esponjas,
    dureza de las piedras que se encuentran a veces,
    ojos de las estrellas de mar y los peces—.
    Cómo voy a cambiarle el color a una ola.
    Qué se puede querer si todo es horizonte.
    Qué le voy a enseñar a la suma del viento.
    Qué le puedo objetar a una noche estrellada
    con mi vela amarilla y mi proa emparchada.
    Hoy no quiero estar lejos de la casa y el árbol.
    Cada rizo del suelo es un sueño contado,
    algo como un recuerdo, una imagen, un beso
    y en la espalda del día se queda ese algo.
    Hoy no quiero estar lejos de la casa y el árbol.”

  2. Isabel Hilda Arufe Garcia dijo:

    Cada dia que pasa me gusta mas lo que escribes que es como un sueño lindo del que no quisiera despertar a veces aunque es la realidad misma, Isa.

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