Cienfuegos, los poetas y yo

boulevad cienfueguero
Boulevard de Cienfuegos / Tomado de hicuba.com

Hace un par de años mi nombre vino a figurar -mensaje aún sin decodificar-, en una lista de poetas jóvenes de toda Cuba. Andaba yo en plena crisis emocional y me vi de golpe en una guagua, rumbo a Cienfuegos. No me di cuenta, hasta muy avanzado el viaje, de que yo había caído allí por error, porque era el Festival de Poesía Reina del Mar y mis textos hasta ahora publicados, son solo de narrativa. Vacaciones, me dije. Terapia, suspiré. Una vez en la ciudad, me acogieron con esa calidez propia de los anfitriones de provincia, pero no solo los organizadores del evento, también la ciudad me abrió su espacio urbano, sus calles extremadamente limpias, su andar lento. Así, fui descubriendo entre los poetas, a Oscar Cruz, en una librería del boulevard, donde se hacen lecturas y presentaciones de libros. El mismo boulevard donde no encontré la manera de deshacerme de un cabo de cigarro por respeto a la pulcritud de su suelo, porque ni siquiera en las enormes macetas se encontraba un mínimo papelito estrujado. ¡Qué contraste con nuestra malcriada Habana! Con Jamila Medina recorrí, en un coche de caballos, la distancia que nos separaba del centro. Así, descubrí la estatua de Benny Moré paseándose por el Prado, el malecón que luce una serenidad peculiar, el Palacio de Valle con su estilo mudéjar, ventanas ojivales, cristales de colores. Jamila y yo fuimos oteando, como niñas traviesas, las habitaciones –ninguna igual a otra- hasta llegar al mirador y contemplar el mar. Creo que nos quedamos unos largos minutos en silencio. Unas horas después navegamos la bahía y en la patana que nos llevó al pequeño cayo, Yanier H. Palao me dedicó su poemario Música de fondo. De regreso, el frío de noviembre casi nos congela por habernos bañado en las aguas pedregosas de la bahía. Cienfuegos se acomodó dulcemente en mi ánimo con sus aceras estrechas, sus puertas muy próximas a la calle, como ofreciéndose desinteresadamente. Recuerdo que un rato antes de cerrar el evento en la AHS estaba yo en un muelle de hormigón, sin barcos y con faroles, sentada en un banco de espaldas a otro banco donde Ricardo Alberto Pérez (Richard), contemplaba ese caer plomizo de la tarde sobre el mar. No hablamos. No nos movimos. Casi ni respiramos. La bahía de Cienfuegos era ese poema/texto perfecto que es imposible de traducir en palabras.

Palacio de Valle
Palacio de Valle / Foto: Oliver Ross
malecón cienfueguero
Malecón cienfueguero / Tomado de cienfuegospatrimonio.wordpress.com
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