Habana en decibeles

calle de la Habana
Tomado de albertoyoan.com

El cubano está sujeto a los ruidos. Emisor y receptor de los más escandalosos actos comunicativos. Quizá, para llamar la atención sobre su existencia. El cubano le chifla al otro cuando lo reconoce en la calle, toca el claxon ante el amigo y se sale por la ventanilla, auto en movimiento, para saludarlo ¡qué bolá, mi hermano! El vecino grita pidiendo prestada la libreta, que casi no hay cola para el pan y, ¡mira, tíramela por el balcón! Hay quien pide a gritos el último, pensando que la gente en este país lleva años haciendo colas pero no aprenden y casi siempre el último está comiendo mierda y no escucha cuando se le pregunta. Gracias a las múltiples prestaciones de los celulares escuchamos el regueattón del adolescente que va en la guagua, -además de la salsa que lanza el guagüero por las bocinas de su P- la bachata de la muchacha que pasa por la acera con el móvil acunado entre sus senos prominentes, un tono de llamada excesivamente alto que el dueño nos otorga mientras se decide a atender o no la llamada. Volumen agudo. Bocinas a todo reventar. A todo reventar el chofer de almendrón le grita al de la guagua, que se le atraviesa ex profeso, en medio de los motores viejos, las carrocerías que avanzan con su traqueteo sobre los baches, animado concierto de contaminación sonora. Sobre todo en las horas pico. Sobre todos en ciertos barrios. Hay algarabía de chiquillos que juegan al deporte de turno en plena calle, -una patada a la pelota y la señora: ¡niño, pero tú no ves que estoy pasando, coño?-, vecinos musicales que acomodan los bafles para todo el mundo, alarmas que se disparan y a nadie parecen preocupar. ¡Ataja, ladrón!, se queja la mujer y ve como se llevan su cartera (¡Abur!). El carrito del helado repite su melodía, parapetado en la esquina, para que el niño se antoje y lance la perreta. Más decibeles, ¡dame más! Mientras más estrecha la calle, más rebotan los ruidos: el martillo que rompe el asfalto, la ficha de dominó sobre la mesa, los pregones que anuncian malanga, escobas, desaforados gritos de quien compra cualquier pedacito de oro.

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