Vampiros habaneros

hombre mirando a la calle
Foto: Beatriz Verde Limón

El cubano te mira de manera indiscreta. A veces, hay señoras que te escanean de la cabeza a los pies y no te aprueban. Eres demasiado suelta, llevas el pelo desarreglado y esas chancletas, niña, qué manera de arrastrar los pies. Qué horror, grita la mueca de sus labios. Hay gente que se vuelve a mirarte dos veces para asegurarse de que eres rara, vas mal vestida –según sus códigos- y “mira que esta juventud no sirve”. Andamos acabando, dicen. En La Habana siempre alguien te ve y no solo dice por dónde agarraste camino sino qué ropas llevabas, si las gafas eran Ray Ban de verdad o eran imitaciones. El cubano, vamos a reconocerlo, se siente en el derecho de escudriñar en la vida del prójimo. “Según te vean vestida, así te tratan”, siempre ha dicho mi madre. No le digan, pero creo que tiene razón. Si entro a una boutique -con mi jolongo viejo de costado-, y agarro un par de zapatos, la tendera me revira los ojos. Muy por el contrario, si entra algún ejemplar del mundo flotante habanero, empieza el amistoso intercambio de tips cosméticos. Media hora. Risitas. Propina. Normal, si la mirada no se te pegara a la piel como un virus de esos que andan acabando por ahí. Porque el cubano no solo te mira, sino que te sigue con la mirada hasta el mismísimo horizonte de la calle, de manera tal que esa mirada se te clava en la nuca, te va pesando tanto que es difícil dar un paso más, cuando doblas en la esquina, ya te ensuciaron el aura. Mal de ojo, le llaman algunos. Pero como todo en la vida tiene remedio, te comento, a los vampiros no se les mira a los ojos porque los ojos dicen lo que guarda el alma. Pasa de largo, no confieses el pecado que nunca has cometido. Hay demasiadas cosas en qué pensar.

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4 Replies to “Vampiros habaneros”

  1. Ese scan de los tenderos prolifera también en las boutiques de Montreal e imagino que en otras capitales del norte lo mismo. Aunque en ciudades cosmopolitas como esta, donde se cruzan las modas del Oriente con los colores de África y el riguroso atuendo hipster de ciertas manadas de adolescentes, nadie podría juzgar por un canon universal de “bien vestir”.

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