Zanqueros

Zanqueros en la Habana Vieja
Foto tomada de bettyculturales.blogspot

El sonido del timbal rebota en las calles estrechas, luego arriba y adelante, se esparce tres cuadras a la redonda. Los niños inflan las aletas de la nariz como quien presiente algo grandioso –los niños lo saben todo-, y van en busca de la algarabía. Los adultos, qué más esperar, apenas nos permitimos voltear la cara hasta identificar el punto de procedencia. Exacto. El alboroto nace en la boca de una calle: ¡por fin llegan los de las piernas largas! La bulla del metal crece, va subiendo por las extremidades y hay una fuga de colores, un asalto de la sonrisa. La gente piensa que los zanqueros nos necesitan para vivir y es por eso que pasan una bolsita para que les echen monedas, pero los niños y yo sabemos que no es verdad. Si hay una cosa cierta es que es uno quien los busca, los espera, camina detrás de ellos, se detiene en plena calle para ver si ya están cerca. En realidad somos nosotros quienes recibimos en nuestras respectivas bolsitas el ánimo radiante de los andarines felices. Ah, si tan solo tuviéramos un espejo para mirarnos en ese momento en que la ciudad entra en movimiento y además se vuelve prolongación del sonido, de seguro veríamos de lo que somos capaces. Cuando las piernas largas pasan junto a nosotros apenas si nos damos cuenta, pero en realidad volvemos a ser pequeñines que lo miran todo con asombro. Como la vida, los zanquilargos nos recuerdan que todavía estamos aquí. Como el tiempo, los zanqueros pasan de largo y se pierden al otro lado de la calle, como si no nos echaran en falta.

Zanqueros en la Habana Vieja
Foto tomada de ohch.cu
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3 Replies to “Zanqueros”

  1. No vi muchos zanqueros, pero me trajo a la memoria los Carnavales
    y me hizo regresar un poco a mi niñez. Yo soy Oscar, el primo de Violeta Gonzalez (abuela) y tus escritos me hacen recordar y darme vida. Gracias

    1. Hola Oscar, ya me habían hablado de usted. Ante todo, gracias por leerme. Es grato saber que mis escritos le adornan los días y le dan vida. Al poner ese entre paréntesis junto al nombre de Violeta me recordó que siempre le dije así, abuela, y en realidad no era simplemente un modo de llamarla, sino que la consideraba como si fuera mi propia abuelita. Siempre sonriente a pesar de todo, pulcra su persona, dulce en su trato con los demás y con esa fe inmensa en Dios. De alguna manera su perseverancia dejó huella en mí. Le mando un beso grande, con la seguridad de que usted también emana esa transparencia en el alma de las personas genuinamente felices porque han aprovechado cada minuto de la vida. Un saludo, Dazra.

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