Plaza Vieja

Plaza Vieja
Tomada de cubahora

La condesa de Merlin se acoda en la baranda y yo la saludo apenas con un gesto de la mano, pero el viejo que está sentado junto a mí en la fuente me mira con ojos desorbitados y entonces me doy cuenta, estoy viendo un fantasma. Sobre la plaza planean las palomas mientras el agua de la fuente no se renueva, insiste, más bien se repite, al caer forma coronas de agua. Un niño corre con los brazos abiertos, aeroplano de niño espantando las palomas y mis labios esbozan un gesto de Mona Lisa cuando el niño se para en firme, hace el saludo militar y comienza a marchar junto a su pelotón imaginario. Soldadito de niño. Antes de ser Vieja esta plaza fue Nueva, fue Plaza Mayor, Real, Plaza de Roque Gil. Ahora es una plaza con Planetario, con Café Escorial, Casa de la Cerveza, Galerías de Arte y boutiques. Plaza donde las vendedoras ambulantes traen flores de plástico, muñecos de peluche, pelotitas de goma. El viejo se levanta y se aleja a pasos lentos por el suelo empedrado, le pesan los zapatos o quizá se pregunte por qué hay tanta agua en la fuente y en su casa no. La condesa deja caer una florecilla a los pies del viejo y este, preocupado por la agobiante escasez del agua, la aplasta con su bastón. No obstante, su penoso andar es acogido por la amable sombra de los portales. Por una esquina aparecen los zanqueros alborotando con sus timbales, con sus trajes de colores y siempre la sonrisa tras la bolsa extendida esperando unas monedas. En las mesas del Escorial, esas que le roban lugar a los adoquines de la plaza, afloran cámaras fotográficas prestas a capturar el clímax de la rumba. El niño abandona su guerra inventada y se va tras las piernas largas de los zanqueros que bailan la conga y contagian esa alegría por todo el cuerpo. Un pequeño bribón merodea entre los clientes que beben cerveza de una larga probeta de vidrio, y se aprovechan del sol en el trópico, como si en el trópico no hubiese nada más para hacer. Desde la Cámara Obscura, sobre una de las azoteas, alguien mirará gran parte de la ciudad, incluida la plaza, reflejada a tiempo real en una cacerola abollada. Pasará por alto la florecilla venida a menos, la mano del señor que niega tener monedas para pagarle a los zanqueros, el pequeño bribón que escapa con algo ajeno en la mano, a fin de perderse entre las calles aún sin restaurar, como un niño fantasma.

Plaza Vieja
Foto: Vinh Dao
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