Agallas de la Isla

Mujer sentada en el malecón
Foto: Beatriz Verde Limón

Es preciso salir de la isla y volver a entrar para darse cuenta: La Habana huele a polvo. Huele seco y violento, sobre todo en agosto. Un vaho caliente que se señorea por las fosas nasales y te hace abrir la boca, tragarse todo lo que habla el otro. El humo de los almendrones traba el resto de los olores, los devuelve pesados, le deja a nuestras ropas un rastro como de cosa rota. En las mañanas el olor de la gente, gracias a Dios, es sencillo y fresco. En las tardes de verano, por el contrario, es insoportable esa transpiración acumulada, entre otras partes, bajo las mangas que cuelgan de los pasamanos de las guaguas. La Habana huele húmedo más o menos en mayo, y nunca estaremos realmente listos para cuando llegan esos breves días fríos del año y entonces uno asiste a la conversión de los olores en objeto punzante. La Habana, como desván sin ventanas, guarda miasmas acumulados bajo grandes alfombras de hojas en algunos parques, clara discordancia con esos perfumes dulces (tan populares), esos que llegan antes de la persona y se van después. La yerba chamuscada por el sol, en cambio, emana una esencia quebradiza, a tono con el tufo a guardado de las tiendas industriales (en moneda nacional) y las recicladas. La basura en las esquinas son un reino aparte, un punto muerto que el paseante omite a fin de salvarse. Así también las alcantarillas de los barrios bajos, que sufren las trompetillas de las mansiones de lujo. Así, también, esa juventud del mundo flotante habanero que se agencia los Givenchy, Chanel, Kenzo (originales o imitaciones, da igual), y se señorean en los clubes nuevos, bares privados como locación de un filme extranjero que solo se estrena en la noche del sábado y exhala una fragancia seductora. No obstante La Habana, en esta tremenda confusión de aromas, también guarda sitios inodoros, pudiera llamársele hundimientos en donde parece no haber olor de ciudad ni olor de campo, no hay vida ni muerte, más bien un inquietante olor de ausencia, aroma de falta, de no presencia, negación del olfato como sentido necesario. Sensación tan perturbadora esta, la de no poder imprimirle ni hedor ni bálsamo a ciertos lugares, que uno se va corriendo al mar a llenarse el pecho. Si los pulmones del planeta son las selvas y bosques, las agallas de una isla son el mar. Así, el animal de isla, por fuerza, busca siempre el mar para llenarse los pulmones de ese olor salado, olor azul y con espuma, fragancia ligera que alivia la terrible ausencia del olor entre estos muros viejos.

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