Días

Buque en la Bahía de la Habana
Foto: Geisys Gómez

En ocasiones, vivo días que se gobiernan. Días legibles, autónomos, orgánicos. Días que no se parecen a otros días dado que la cola no demora tanto –o no hay cola-. Salgo con sombrilla (al parecerme oportuna ante lo inminente), pero al fin y al cabo, tampoco llueve. En cambio, el sol calienta levemente. En esos días me dan el vuelto justo, sin marañas de ningún tipo, y el producto está definitivamente fresco, apetecible, además me atienden con una sonrisa-que-tenga-usted-un-buen-día. El desconocido dice, “no eche la moneda, guárdela para el regreso”, subimos a la guagua y él paga por lo dos. Para reafirmar mi asombro alguien me cede el asiento, entonces miro por la ventanilla ese andar contrario de los edificios, pienso que este día está muy raro y algo habrá de venir a joderlo, a fin de cuentas estoy en la Habana, ¿no? Para cuando me bajo amago con ayudar a la señora del bastón, pero un muchacho se me adelanta amablemente. ¿Qué está pasando? Me encuentro con un amigo de la infancia que hace tiempo no veía y ahora va de carrera al hospital materno. ¡Le ha nacido un hijo! El custodio borra de un plumazo mi escepticismo: no pone reparos en dejarnos entrar, si bien no es horario de visita. El bebé, todo arrugado como un gusanillo feliz, bate brazos y piernas en medio de su jerigonza. Todavía no se reconoce en su nombre: Rodrigo. Sonrío junto al cunero un rato largo, larguísimo, y de ahí ando sin rumbo fijo hasta que doy con el mar. No entiendo nada de nada. El mar está en calma y un hombre me regala un romerillo: “Pide salud”, dice, “que belleza sobra”. Al parecer no necesita mi respuesta, porque cuando le sonrío ya me ha dado la espalda. ¿De dónde habrá sacado la flor? El olor a salitre se vuelve intenso, demasiado presente, como si le faltara algo por decirme. Qué raro todo… qué raro. Una vez en el parque, cierta pareja se enamora bajo la glorieta, un niño viene con su cara tiznada y feliz mataperreando en su carriola de madera. Siento que ya es hora de regresar, pero una avecilla de colores se posa en el banco y me mira de lado, como suelen mirar las aves. Sabe que soy inofensiva. Esta muchacha que pasa con su cámara me enfoca, obtura, se acerca y me muestra la foto diciendo: “No lo pienses más, ¡brilla!”.

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