Almendrones

Almendrones por la calle 23 del Vedado

Foto: Yadira M

A veces les digo cinco pesos hasta la calle tal y ellos me dicen un sí entre dientes. No les gusta, pero igual me llevan, eso, cuando el tramo es muy corto. Y es que los almendrones corretean por las avenidas principales en rutas fijas, como las guaguas, pero mucho más caros. Los extranjeros no entienden muy bien eso de que el taxi no te deje en el lugar exacto adonde te diriges, que tengas que caminar varias cuadras hasta las avenidas 23, Línea, o Calzada del Cerro entre otras. Estirar la mano. Si está muy lleno y vas a ir como sardina en lata decirle que no. Verlo golpear el timón y arrancar casi aplastándote los pies. No obstante, a algunos forasteros les encanta ese regueatton a volumen máximo, aunque el chofer se aproveche y les cobre mucho más que los diez pesos reglamentarios que le cobrarían a un cubano desde el Vedado hasta Playa, veinte pesos de Marianao hasta la Habana Vieja. Por la avenida 31, bajo el sol del mediodía, yo era el único pasajero de aquel híbrido mecánico. Más adelante iban un Chevrolet del 52, un Cadillac y un Ford del 55, azul cielo, color oro, y parches de chapistería sobre un verde deslucido, respectivamente. Más atrás un Buick que nos adelantaba cada vez que podía, porque indudablemente el sol había recogido a los pasajeros y, solo a ratos, se vislumbraba un brazo en movimiento desesperado, provocando un frenazo repentino de varios almendrones a la vez hasta ver quién se llevaba el pedazo de pastel. Mi carroza-almendrón lucía la tapicería nueva, toda de vinil, pero no era tan grave, porque tenía una pizarra negra, moderna, adaptada, y un DVD portátil proyectando el video de un mulatico, tu corazoncito es mío mío mío. Así avanzamos sin mayor gloria clientelar que una viejita desde Línea y 18 hasta la calle L, donde pagó con una calderilla que cayó lentamente de sus manos haciéndonos perder un pasajero que estaba parado en M. Cuando subimos por la calle O los lujosos almendrones de Grand Car, aparcados en el Hotel Nacional, apenas nos miraron por encima del hombro, ostentando sus quince pesos convertibles la hora. Debo confesar que, mucho más adelante, la estrechez de la calle San Lázaro sí me estresó, porque el espejo retrovisor rezaba objects in mirror are closer than they appear y entonces yo no sabría a qué distancia real estaba el trastazo del Vauxhall que nos seguía alevosamente desde el Hospital Ameijeiras. Cuando subimos Prado tuve que decirle dos veces al mulatón, que secaba su sudor con pañuelo de rojo y amebas blancas, que me bajaba en la calle Neptuno. Mi Caupolicán de brazos fornidos, colmillo de oro y aguaje correspondiente me llevó hasta el Capitolio, dos cuadras más adelante donde apenas me permití una seña. Es que sonaba Juan Gabriel y al mulatón… se le veía inspirado.

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Acerca de dazranovak

Escritora cubana. Licenciada en Historia por la Universidad de La Habana. Tiene en su haber los premios: Pinos Nuevos 2007 (cuentos, Cuerpo Reservado, editorial Letras Cubanas 2008), David 2007 (cuentos, Cuerpo Público, ediciones Unión, 2009) y Uneac 2011 (novela, Making of, ediciones Unión, 2012).
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