Caballero de París

Estatua del Caballero de París
Foto: Lochy

Toda ciudad que se respete tiene sus locos. Locos histéricos, que dan miedo. Locos sueltos. Locos divertidos. A veces, locos tan realistas que gritan la verdad por todas partes, refugiados en esa licencia que brinda la insanidad. Pero qué es La Habana sino un amasijo de chiflados, donde los más histriónicos sobresalen al punto de que un buen día, cuando ya no están, la ciudad se pregunta qué habrá sido de ellos y la gente los llora en un breve minuto de silencio. Hay locos tan locos que hasta se les rinde homenaje erigiendo una estatua. Ni Malanga, ni la Marquesa, ni Bigote Gato tuvieron la suerte del Caballero, que parece andar eternamente congelado en su andar frente al Convento de San Francisco de Asís, a un costado de la Plaza. La gente se le acerca a tomarse fotos, incluso los extranjeros que oyen hablar de él por primera vez en la vida. Dicen, por esa necesidad del ser humano de apostar a la suerte, que tocar el dedo enhiesto del caballero es un pasaje seguro al deseo cumplido. Quizá por eso el dedo y la barba lucen un bronce muy amarillo, bien pulido y brillante, en clara señal de tan acuciante necesidad humana que es capaz de poner en manos de un loco su fortuna. El caballero, ese viejito de nariz aguileña y larga melena blanca, deambuló durante años por toda la ciudad hablando con la gente, recitando poemas, haciendo del Prado su imperio y de los leones, sus súbditos. El caballero de París era un juez de paz: Hay que arreglar el mundo, tengo un plan para mejorar el Viejo Continente. Me pregunto: ¿qué suma de hazañas habrá de purgar un hombre para ser merecedor de una estatua? Hay hombres que la merecen por matar a otros hombres –si bien justifique su tarea un noble resultado-, hay hombres que la reciben por sobresalir en habilidades y fama. Me respondo: hay hombres que, como el caballero de París, la reciben por ser dioses: Yo soy un dios con capa, espada, y pantalón de muselina, pero soy un dios. Cuando rezo, me rezo a mí mismo, para pedirme perdón de algo que yo no he cometido.

Caballero de París
Foto tomada del libro “Yo soy el caballero de París”, de Luis Calzadilla Fierro
Caballero de París
Foto tomada del libro “Yo soy el caballero de París”, de Luis Calzadilla Fierro
Caballero de París
Foto tomada del libro “Yo soy el caballero de París”, de Luis Calzadilla Fierro
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