Breve teoría de la fluidez

vecinas conversando
Foto: João Moura

El cubano tiene por naturaleza una conducta líquida, es decir, se adapta fácilmente al recipiente que imponga el momento. Se adapta, brevemente, a los días fríos que trae el comienzo del año, a la escasez, a ceder su cama y su mesa sorteando hábilmente los obstáculos económicos de tal manera que, a pesar de esa adaptación constante, cabe mencionar también su rebasamiento del molde, su resistencia a perder lo humano primigenio. Sin hacer mucho alarde, creo que ostentamos el número uno en materia de hospitalidad, altruismo y generosidad. Aunque de un tiempo a esta parte la propia carencia nos ha llevado más de una vez a demorarnos en servir la mesa, porque ha llegado una visita inesperada y la comida estaba justa, justísima en su conteo de plato fuerte y latas de arroz, en general termina por escapar de los labios el “donde come uno, comen dos” o “mi casa es tu casa”. Quizás un poco menos en la Habana. Quizás en el avance provincia adentro rumbo al este de la isla se aprecie más este fenómeno de reverencia tácita hacia el otro, como un namaste en forma de colchón tirado al suelo para pasar la noche como sea, el tiempo que sea, “mi hermano”. Dicen que así ofrecen su casa los guajiros de monte adentro, con el rostro curtido y sonriente saliendo al portal, respondiendo benignamente a cuanta pregunta se le haga. Ni siquiera el regionalismo, ese animal que aún hoy se arrastra por la isla, ha podido robarle todo el terreno a la hospitalidad natural del cubano. Tenemos éxodo, pero tenemos identidad. Tenemos la capacidad innata de alegrarnos cuando vemos al semejante, cuando le oímos hablar en cubano luego de una larga travesía por tierras ajenas. Y es que la persona cubana fluye al través de su instinto, tanto para bien como para mal. Así, fluimos con la moda, la injerencia extranjera, el derrocamiento de las viejas costumbres, el estado de cosas que se mueve mas no avanza (y a ratos desespera), pero también fluimos con esa oportunidad del momento, con la autonomía de la sonrisa, con el ser, más allá de todo, cubanos con los brazos abiertos.

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