Jorge Mañach, “La acera y las azoteas”

Jorge Mañach

Tomado de la Habana Elegante

¡Qué diáfano, hijo, qué sin reservas es nuestro vivir!… Habitamos igual que somos: en una constante comunicación con las curiosidades ajenas. Vas por la acera, al caer de la tarde, cuando ya ni las persianas celan los interiores contra el sol, y, sin quererlo, atisbas hasta lo más recoleto de estos largos “bajos” habaneros. Aquí está la sala, con su juego enfundado, su piano, los cuadros de flores pintados por la niña. Un poco más allá, la saleta, con sus inevitables sillones de mimbre y el teléfono. Invariablemente, la mampara de  la saleta está abierta y por el vano se descubre la solemnidad del tálamo conyugal, con algún chato  recipiente debajo, y uno de estos aparatosos escaparates de madera de la tierra que tienen fachada de edificios. Por la otra puerta de la silleta, que da al patio, bajo el abanico multicolor del arco de  medio punto, la mirada atraviesa una estrecha y húmeda umbría que animan al fondo las maniobras culinarias de una morena y el vaivén del punto de luz de su cigarro… Todo está expuesto; todo se ofrece a la inquisición transeúnte. El hogar no es, como en otros países, una  institución misteriosa y hermética tras cuyo ceño impávido desenvuelve la vida sus azares; entre  nosotros, parece sólo una excrescencia de la calle, como si esta fuese el verdadero nervio social y las casas, poros de la villa.

Pero esta no es más que la visión horizontal. ¡Y la  vertical!… ¡Las azoteas!… ¡Belvederes  maravillosos sobre la rutina y la aventura ajenas, celestinas de nuestro aburrimiento, peldaños del  cielo, novias del sol!… Cómo fulgen, cegadoras, bajo la caricia ardiente del Mediodía; cómo se prenden a las nubes con el arrebato  lírico del crepúsculo, o se alucinan, románticas y azules,  recogiendo en la tibia cuenca de su regazo el mensaje alcahuete de la luna.

Son  amables y buenas, hijo, las azoteas… Pero, como toda bondad, expuestas… Expuestas al abuso de los hombres, que las toman de aupadero para sus propias miras. Y entonces, al flanco de sus murillos, olorosos del idilio de los gatos, se descubren, con otra perspectiva menos noble, aunque más alzada, intimidades parejas a aquellas que la acera sabe…  Se ve el mimo de la solterona a sus matas tres veces al día regadas; se ve la triste y laboriosa, economía de la ropa que se lava en casa; se advierten las puertas azules, los extremos de las  camas, el envés de los biombos, el beso pospuesto, el diálogo trenzado de los vis a vis; se ve… Pero no digamos, hijo, lo que se ve a ciertas horas desde las azoteas…

Y lo significativo -terminó Luján- es que los cubanos, aunque estamos conscientes de esa espectacularidad, no nos inquietamos por ella. Somos así: diáfanos, comunicativos…

Jorge Mañach (Las villas, 1898- Puerto Rico, 1961). Colaborador de la revista Social. En 1928 es premiada su obra de teatro Tiempo muerto. En 1932 funda la Universidad del Aire, programa radial destinado a difundir la cultura. Delegado a la Asamblea Constituyente en 1940. Dirigente del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo). Coordinador de programas culturales del circuito CMQ, de radio y televisión.

 

 

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Acerca de dazranovak

Escritora cubana. Licenciada en Historia por la Universidad de La Habana. Tiene en su haber los premios: Pinos Nuevos 2007 (cuentos, Cuerpo Reservado, editorial Letras Cubanas 2008), David 2007 (cuentos, Cuerpo Público, ediciones Unión, 2009) y Uneac 2011 (novela, Making of, ediciones Unión, 2012).
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2 respuestas a Jorge Mañach, “La acera y las azoteas”

  1. César dijo:

    Muy buena descripción. Pero me parece que hay que tener unos añitos para recordar el interior de esas casas y esos patios!

  2. Amie Kofford dijo:

    Creo que deberías escribir más sobre este tema

    Amie Kofford

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