Malecón

Malecón habanero
Malecón habanero

Caminar por el Malecón es, salvando las distancias religiosas, como ir la meca, es preciso hacerlo al menos una vez en la vida para poder llamarse meritoriamente habanero. La gente que va al Malecón es curiosamente variada, no hay que ser muy listo para darse cuenta. Hasta el muro se llega para algo tan sencillo como contemplar el mar, beber un trago o una botella, enamorar a alguien –sin distinción de sexo ni color– o exhalar las penas. Incluso para los foráneos el Malecón suele ser una atracción típica, una mezcla tan impredecible como el cubano mismo. A lo largo de esos nueve kilómetros una mujer puede ser piropeada o acosada con la misma intensidad, como también está el cubano anti-malecón, aquel que vilipendia el muro por la sencilla razón de que no lo rodean las sospechosas aguas de Venecia ni el Mediterráneo, y si algo de negro ha de tener nunca será el Mar Negro sino los negritos de Centro Habana que van a darse un chapuzón a pesar del oleaje y todo lo demás. Al Malecón se llega en carro, en guagua, en bicicleta, en botella, a pie, poco importa cómo pero se llega, y uno se arrima al muro como a una tabla de salvación. Incluso hay días en que el oleaje es tan fuerte que parece que la isla se mueve y uno se marea, y hasta cambia de rumbo y uno se pregunta si esta isla va a alguna parte y de buenas a primeras el de al lado, que está en lo mismo, asegura que él sí se va pero entonces pasa alguien vendiendo chicharrones y nos disocia tanto. Según Dulce María Loynaz el Malecón es una horrible cinta apretando el mar donde hasta principios del siglo XX solo había una lengua de agua lamiendo a su antojo el arrecife costero de Centro Habana, del Vedado y más allá, para después convertirse, curiosa la vida, en un tema mucho más recurrente que la Yolanda de Pablo Milanés, que ya es mucho decir. ¿Por qué tanta canción, tanto poema, cuadro, foto al Malecón habanero que hasta en los clásicos de nuestro cine y más allá? Por aquello de que “el cubano se la inventa en el aire” no debería ser, en teoría, falta de imaginación, más bien una necesidad de alabar lo que nos define, palpar el borde de las cosas, la cosa en sí, el sentido de pertenencia que crece desde los lugares más insospechados, el decir yo también tengo una Tour Eiffel, una Estatua de la Libertad, un Big Ben, una Muralla China, incluso con esa cursilería que nos empeñamos en echar a un lado –como a la brujería– pero cuando nadie está mirando la abrazamos y… ay, caballero, qué felicidad. Porque el cubano en general es así, y a menudo flota como una isla a la deriva.

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